En Torreón, la caravana fue un espacio de consuelo y desahogo

Llanto, denuncias, reclamos; todo menos impunidad, dicen a Sicilia

Torreón, Coah., 8 de junio. La Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad arribó a media tarde a esta tierra ardiente, donde muchos de los que la aguardaban con su angustia escondida recibieron con una sonrisa al poeta Javier Sicilia en el parque Venustiano Carranza.

A sólo dos calles del lugar, tres policías estatales resguardaban un lugar conocido como La Victoria, centro de rehabilitación de alcohólicos y drogadictos abandonado desde ayer al momento que en su interior fueron ejecutados 13 jóvenes.

Nada que hacer, resume uno de los policías. “Aquí hay dos bandos enfrentados y ni modo de meterse uno en medio. ¿Qué hace uno?” Es la percepción del encargado de cuidar el sitio, con lo que justifica el por qué esta región lagunera vive prácticamente sin ley.

En el centro del parque donde se realiza la concentración de la caravana, una mujer ofrece un testimonio que explica quién domina en realidad este territorio. “Soy Amparo Castillo; el 15 de septiembre de hace tres años me mataron a mi hijo José Manuel por no querer convertirse en sicario, por no querer quitarle la vida a uno de sus amigos, por no querer convertirse en uno de ésos.”

Afuera de La Victoria, el centro que hasta hace poco ofrecía día y noche ayuda sicológica a adictos, una mujer se atreve a explicar lo que vivió. Dice que se oyó algo más fuerte que una balacera. “Fue como un tronido muy duro y luego ya vi pasar a dos jóvenes sangrando y dos más que se echaron a correr.” Entre los vecinos de la colonia hay miedo por esos sucesos y otros.

Olga Reyes, residente de Ciudad Juárez, donde mataron a seis de sus familiares y presente en la movilización desde la marcha a la capital, interviene en el mitin encabezado por Sicilia y confiesa que pese a su activa participación en la caravana el miedo no la ha dejado. “En todos nosotros hay ese temor, pero no nos vamos a quedar en casa porque entonces hasta allá nos van a ir a matar.”

Recuerda a su hermana Josefina, quien fue asesinada por ser defensora de derechos humanos en Chihuahua, aunque sabe que eso a la autoridad “no le importa porque al final de cuentas el pinche gobierno ya sabe cómo jsutificarlo: si era mujer, porque era prostituta; si era hombre, porque era narco, y si era niño, porque estaba en el lugar equivocado”.

Desde que se adentró en el norte del país la caravana, sus concentraciones son cada vez más largas. Se requiere tiempo para dar espacio a la cantidad de familiares que la ven como un foro para el desahogo, para la denuncia o para el consuelo.

“‘Soy Silvia Ortiz, pero me conocen como la mamá de Fanny, y hoy cumplo 6 años 7 meses y tres días que me desaparecieron a mi hija.” Tiene en mente el tiempo preciso de lo que se ha convertido en su condena desde que se llevaron a la muchacha y aún la llora.

Concepción Hernández, madre de un joven de 16 años recientemente desaparecido, aún no encuentra la resginación ni ha procesado su pena. En su breve participación se le va más en llorar que en implorar que se lo regresen. Luz Elena Montalvo es una de las mujeres que encabeza una organización creada recientemente, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila. Fundada en diciembre de 2009 para reclamar la búsqueda de 21 personas, su tarea ha crecido exponencialmente en 17 meses, pues ahora son 180 la cifra de desaparecidos que abarcan sus esfuerzos.

Rosalinda Zapata es otra integrante de la misma organización, quien condena la actuación gubernamental: “No entendemos por qué la autoridad se dedica a buscar fosas clandestinas y no a nuestros hijos”.

Un hombre, quien narra los atropellos contra su hijo, de quien dice fue torturado e incomunicado, atribuye “a las fuerzas armadas de cualquier nivel de goboerno” gran parte de la responsabilidad de las desapariciones. Son muchos testimonios, pero bastante menos que las familias afectadas. La mayoría aún vive el cautiverio del miedo, no han roto el silencio y han optado por vivirlo en soledad.

La víspera fue un día largo que no concluyó hasta entrada la madrugada de este miércoles. Apenas terminado el mitin en Monterrey, con la presencia de la legendaria luchadora social y las causas por los desaparecidos, Rosario Ibarra de Piedra, se enfilaron a manifestarse a las puertas de la Procuraduría General de Justicia de Nuevo León.

A pesar de la hora, se logró concertar una audiencia que duró más de dos horas con el procurador Adrián de la Garza, quien recibió a Javier Sicilia, Emilio Alvarez Icaza y familiares de víctimas que involucran nueve expedientes de los casos más críticos de desapariciones forzadas, incluidos policías municipales. Es el primer procurador que recibe a la caravana y asume compromisos como entregar un informe sobre los expedientes de referencia y, en un mes, presentar un reporte de los avances en las indagatorias.

Si la caravana ha hecho coexistir en cada concentración poesía, música y tragedia, esta madrugada no fue diferente. En las oficinas del procurador neoleonés se acordó abrir un nuevo cauce de esperanza para los casos, y a las puertas de la procuraduría la espera de los familiares de víctimas abre un espacio para el relajamiento espiritual, donde hubo cantos, baile, expresiones de que, a pesar de todo, a ratos la vida transige y da tregua al espíritu maltrecho.

Hacia las 4 de la madrugada, la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad se dirigió a la escuela Bernardo Grousset, donde pasaron el resto de la noche. “No hubo forma de cancelar las clases –se disculpa la directora del plantel, María José Zambrano–, pues el plantel está enclavado en una zona popular de Santa Catarina, barrio bravo donde la delincuencia es lo cotidiano, de ahí que en ese sitio se hayan colocado varias rejas de seguridad y apostado policías privados que resguardan la vida de alumnos, maestros y familiares.

Es que hay mucha inseguridad, dice la maestra, “pero aquí dentro es como una jaula de oro, no pasa nada, el problema es a la salida”. Difícil coexistencia de los estudiantes entre esa jaula de oro donde se preparan para el futuro y su realidad.

“Hace unos días –narra la maestra Zambrano– el Ejército entró persiguiendo unos muchachos”. Esa es tan sólo una parte de la vida diaria, la otra son las temidas “granaderas” de la policía municipal, que con frecuencia levantan a los jóvenes por unas horas para interrogarlos sobre lo que saben del barrio o los detiene por horas por el delito de grafitear en la colonia.

“Desde hace tiempo –dice Zambrano, mujer cercana a los 60 años– a los jóvenes que trasladan la droga al norte ya no les pagan en efectivo, sino con parte de los enervantes. Eso lo vienen a vender en esta zona a precio casi regalado, 12, 15 o 20 pesos el cigarro de mariguana; bueno… no sé qué tan pura sea, pero la venden.

“Aquí tenemos un déficit grande de preparatorias y pocas secundarias. Si las empresas hicieran algo por captar los chavos que terminan su prepa, pues ¡que les ofrezcan trabajo!”, sugiere la maestra como una alternativa ante esta realidad.

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