Saltillo está dormido: Caravana de Javier Sicilia

Vanguardia

En su tránsito por la ciudad, pocos saltillenses hicieron acto de presencia en la ruta nacional que realiza el escritor en protesta por la paz

Saltillo.- Se acostumbra halagar con palabras distantes a quienes se manifiestan, alzan la voz o se sacrifican en nombre de justicia y paz. A ellos se les regala un “me gusta” en las redes sociales, un comentario empático en los foros de la web, alguna frase afectada y valiente tras el anonimato.

Pero, cuando Javier Sicilia pisa tierra saltillense con su caravana por la paz, pocos hacen acto de presencia.

El poeta y periodista mitiga el dolor de perder a un hijo asesinado, encabezando una protesta nacional que revela “el otro México”, el que por negación, soberbia o desinterés, muchos todavía no quieren aceptar que existe. Al parecer, los saltillenses forman parte de esos “muchos” que no despiertan, que siguen apáticos ante el sufrimiento que exige soluciones y no más discursos amañados. Siguen dormidos, empero, ante su propia angustia reprimida y temerosa.

(¿)‘Estamos hasta la madre’(?)

A las tres de la tarde se anunció que llegaría la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad al gimnasio del Colegio Zaragoza. 14 camiones y otros vehículos particulares transportaban a más de 600 personas que se embarcaron en esta protesta pacífica —más no silenciosa— para exigir respuestas, justicia, paz en México.

Sicilia, junto a otros activistas como el obispo Raúl Vera, ha emprendido una auténtica lucha social, a la que se le han unido toda clase de afectados por la violencia y miles más que, sin haber sufrido en carne propia los estragos de la guerra impune, conciben el dolor de sus semejantes y saben que lo que hoy se vive, no es vida.

“¡Estamos hasta la madre!” es uno de los lemas que abanderan el recorrido. Pero Saltillo parece que no lo está.

Cierto, la caravana se retrasó más de tres horas. Muchos llegaron y se fueron, pero otros pocos (sólo decenas) permanecieron sin chistar en el recinto. Es Javier Sicilia el que viene, el que congregó a más de 65 mil personas en el Zócalo capitalino para reclamar reformas y exigir: “ni un muerto más”. ¿No es, acaso, lo que queremos todos? ¿No abogamos por la unión ciudadana, más allá de los colores partidistas?

Pero la realidad de esta ciudad es otra. Saltillo sí está dividido por colores y hoy lo está también por candidatos, por la contienda interna que persigue la gubernatura del estado. El martes los saltillenses se vistieron de su tonalidad política para continuar “en campaña”, y olvidaron que el tono “piel” es universal. Hay militantes, seguidores, afiliados. Pero todos tienen algo en común: son ciudadanos de una misma tierra afectada, son seres humanos que buscan felicidad. Entonces, ¿dónde estaban?

Dolor e indignación

Pasadas las seis de la tarde, se anuncia que el nutrido grupo está por llegar al recinto. Arriban los protestantes con cansancio, sed y hambre, pero no hay tiempo para reposar cuando se emprende una lucha sin armamento, que a primera vista podría parecer frágil.

Los lugares que no ocuparon los saltillenses, pronto se saturan con los integrantes de la caravana. Hay público (aunque no los miles que pudieron haber asistido) dispuesto a escuchar la indignación de quienes han sufrido el embate de la violencia en Coahuila.

Historias que superan cualquier ficción de terror. Palabras que enmudecen a los presentes y les arrancan lágrimas de tristeza, indignación e impotencia. Habla una mujer en representación de la organización Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos y, amén a las cifras aterradoras —180 desaparecidos en Coahuila—, quiebra su garganta al describir la indiferencia de las autoridades, la angustia constante en espera de noticias, la batalla emprendida a pesar de las frustraciones: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, repite. Los familiares de otros desaparecidos se suman al grito de esta consigna y pronto, entre aplausos y rostros pesarosos, todos incorporan sus voces al reclamo.

Era sólo el inicio de un brutal inventario de injusticias, actos indignantes, penas inimaginables. Y otra teoría se asomó al gimnasio del Colegio Zaragoza: los saltillenses no quieren estar rostro a rostro con el sufrimiento ajeno. Cuando hay que donar despensas para damnificados, lo hacen. Cuando hay que regalar juguetes, colaborar con el Teletón, redondear por los enfermos de cáncer, lo hacen. Pero darse a la tarea de escuchar —de viva voz— al sufrimiento, exigen más que sacar la billetera. Saltillo no quiere verlo a los ojos, oír sus palabras, sentir su tormento.

Pasar de largo la mirada ante el sufrimiento es disfrazar su inexistencia. Se ignora, mas no se elimina. Huir ya no es suficiente cuando todo México se funde en un mismo temor, en un descontento que se encuentra tanto en el aullido desesperado, como en lo profundo de las almas que aún viven en la negación. Ya nadie está seguro. Ya nadie es libre.

La realidad cae como plomo al escuchar a los coahuilenses que pasan frente al micrófono. Pasta de Conchos no se olvida, los mineros en el estado eran y siguen siendo explotados por empresarios sin escrúpulos. Los grafiteros reniegan porque se les generaliza como delincuentes: “En las colonias pobres hay levantones, muertes”, son sus palabras pidiendo auxilio. Los migrantes relatan sus vivencias, en las que imperan atrocidades y actos inhumanos. Los periodistas también alzan la voz: “somos otra víctima de esta guerra”. Entre amenazas y asesinatos, en México no hay garantías para ejercer la profesión —dicho sea de paso, era Día de la Libertad de Expresión.

“Divide y vencerás” se le atribuye a Julio César. Saltillo está dividido y podrían vencer, una vez más, impunidad, avaricia e insensibilidad. Justificarse pensando en que asistir a una manifestación como la del martes no cambiará nada, es aceptar la derrota sin levantar los brazos.

Después de escuchar historias dolorosas, dejar correr lágrimas fraternas y observar de frente fotografías de víctimas acaudillando estandartes, otra sensación se apodera del ambiente: la de la solidaridad. Nadie se siente aislado ni único con sus penas a cuestas, porque nadie lo está y nadie lo es. El que se suma a un movimiento por la paz no sólo está apoyando una causa, se está apoyando a sí mismo. Y Saltillo debería saberlo, pero prefiere seguir dormitando.

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