El dolor de las víctimas une a México

El presidente Calderón pide perdón a familiares de asesinados por el narcotráfico ante la incapacidad del Estado para proteger a los civiles

Nunca se había visto a Felipe Calderón conmovido, rodeando con sus brazos a una víctima de la violencia, consolándola. Fue el jueves, en el castillo de Chapultepec, en una jornada que pasará con letras grandes a la historia de México. Cinco años después de haber iniciado una guerra que ya ha costado 40.000 vidas, el presidente de la República aceptó reunirse con una representación de las víctimas encabezada por el poeta Javier Sicilia. Toda la nación pudo ver en directo el dolor de los que, además de sufrir la pérdida de un ser querido, vienen padeciendo el desprecio -cuando no la sospecha- de las autoridades. “Mire bien nuestros rostros, señor presidente”, le habló Sicilia, “somos víctimas inocentes. ¿Le parecemos bajas colaterales? ¿Números estadísticos? ¿El uno por ciento de los muertos? Usted debe pedir perdón. Está obligado a reconocer que su estrategia ha sido contraproducente. Miles de muertos, putrefacción de instituciones, crecimiento de los cárteles… ¿Dónde están las ganancias de su estrategia?”.

Felipe Calderón no se escondió. Citó con nombres y apellidos a muchas de las víctimas, se hizo partícipe de su dolor y reconoció las vergüenzas de unas instituciones infiltradas por el crimen, de unos jueces que -“aunque no lo podamos demostrar”- cobran de los carteles para dejar libres a los asesinos, de unos obispos a los que llamó “raza de víboras” por expresar su apoyo a reyezuelos locales manifiestamente corruptos. El presidente de México llegó a reconocer delante de las víctimas y de todo el país su cuota de responsabilidad: “Coincido en que debo pedir perdón, pero no por haber sacado a las fuerzas federales a combatir a los criminales. En eso, Javier, te tengo que decir que estás equivocado. Sí, tengo que pedir perdón, pero por no haber podido evitar que mataran a tu hijo Francisco y a tantos otros…”.

Calderón, acompañado por su esposa y por sus principales colaboradores en materia de seguridad, escuchó el testimonio desnudo de las víctimas. “Mi nombre es Yolanda Morán, vengo de Torreón. Mi hijo desapareció hace dos años, seis meses y cuatro días, tiene 34 años y es padre de cuatro hijos. No se le puede llamar baja colateral. Es mi hijo. Uno más de los 185 desaparecidos en Coahuila, ninguno rescatado, y cada día desaparecen más. No los dé por muertos, señor presidente, no los busque en fosas. Vivos se los llevaron y vivos los queremos…”. A ratos, el dolor de México parecía insoportable. Si no se desbordó, si la cita ya histórica del castillo de Chapultepec no se convirtió en una batalla campal entre un presidente en su pedestal y unas víctimas rotas por el dolor y la soledad fue porque ambas partes supieron mirarse a la cara, escucharse como nunca lo habían hecho. Rodeado por altos funcionarios que jamás pisan la calle, asesorado por supuestos expertos en resolución de conflictos que le jalean su mano dura, su casi guerra santa contra el mal, Calderón jamás había bajado a la lona del dolor. Ayer lo hizo. Se encontró con palabras duras, con recelo, pero también con comprensión. “Usted”, le habló el poeta Sicilia, “no tiene nada que temer de nosotros, no tenemos intereses políticos, solo somos ciudadanos que hemos venido a hablar con usted. No le hemos venido a pedir que deje de combatir a los criminales, pero sí que revise su estrategia. Estamos entre dos fuegos. Entre la corrupción institucional y unos criminales tan crueles y tan cabrones, tan hijos de la chingada…”.

Volverán a verse. Dentro de tres meses. Las víctimas y Calderón. Mientras, trabajarán en un monumento con los nombres de los muertos y desaparecidos. Si no pueden sacarlos de las fosas, al menos sí del olvido. El poeta le regaló al presidente un rosario y un escapulario. El presidente le regaló a la nación una imagen. La de su abrazo a María Elena Herrera. Tras pedir justicia para sus cuatro hijos perdidos en la guerra, la señora rompió a llorar. Calderón se levantó de su asiento y se acercó a consolarla. Ayer, por primera vez en cinco años, los periódicos mexicanos, en vez de muerte, hablaron de esperanza.

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