Un viaje infinito de dolor

Vanguardia

FRANCISCO RODRÍGUEZ |21 Noviembre 2011

Viajamos a la Ciudad de México con las familias de los desaparecidos de Coahuila en busca de respuestas, aquí la crónica.

Saltillo, Coahuila. Decenas de familias de Coahuila tomaron un autobús con destino a la Ciudad de México para que las autoridades no olviden los nombres de sus desaparecidos. La Procuradora de la República los atendió media hora dando promesas otra vez. Aquí la crónica del viaje incansable de los damnificados de la guerra del narco en México

En otro mundo, Delia García estaría festejando su cumpleaños frente a un pastel y a lado de su familia; pero en éste México de desaparecidos ella tiene que cargar su biblia, subir a un camión y viajar rumbo a la Ciudad de México para pararse frente a la titular de la Procuraduría General de la República, Marisela Morales y preguntarle por su hijo Edson de la Rosa García, quien lleva dos años y cuatro meses desaparecido. Ese es su regalo de cumpleaños.

A María Lazarín le dan 12 días de vacaciones al año en la maquila donde trabaja, pero desde hace más de dos años, sus vacaciones las invierte en buscar a su hijo Israel Torres Lazarín, quien desapareció en el municipio de Matamoros, Coahuila. Para la audiencia en la PGR pidió dos días adelantados. Únicamente le quedan tres días de vacaciones.

Es la vida de quienes quedan de pie y buscan a toda costa a sus familiares: no hay cumpleaños, no hay vacaciones, no hay días libres, no hay navidades ni días de la madre o del padre.

Es nueve de noviembre. Mañana decenas de familias tendrán audiencia con Marisela Morales.

Las familias, mujeres en su mayoría, son las que se organizaron para rentar un autobús que nos llevará hasta el Distrito Federal. Salimos de Torreón y nos dirigimos a Saltillo.

Tres horas de camino. Ahí se suben Cirilo, de Reynosa, Tamaulipas; Diana, de Saltillo, Coahuila y María del Rosario Cano de Chihuahua, Chihuahua. Esta última busca a su hijo Mario Alberto Morales Cano, un ex integrante de la fuerza área en la región militar de Chihuahua que desapareció en Torreón el dos de julio de 2010.

Mario Alberto, 26 años hoy en día, había llegado dos años atrás a Torreón, porque se casó con una mujer oriunda de esta ciudad. Decidió enfi larse a la corporación municipal.

“Yo lo que quiero es encontrar la verdad, quiero estar en paz. Sé que todavía hay una luz. Es injusto que me lo hayan arrebatado”, me comenta María del Rosario arriba del camión, ya con rumbo al Distrito Federal, con una lluvia azotando en la carretera.

María siente que su apellido no pesa. Que no es Martí, ni Cevallos, ni Wallace, ni Sicilia, es Morales Cano y que por eso no tiene plomo, pero que ama a su hijo tanto o más. De repente, la luz de la televisión ilumina la charla. El volumen es alto y adelante muchos empiezan a dormir. Para María, este viaje es apenas una de muchas caravanas en las que ha estado. Me asegura que no se rendirá. Lo que más desea es que regrese su hijo para que conozca a Mario Alberto, su pequeño que ya tiene 10 meses. “Aquí no hay resfríos, no hay calenturas, no hay hambre, no hay dolor de tanto caminar. El miedo ya quedó chiquito. Cuál miedo ante tanto dolor”, se pregunta antes de que intentemos conciliar el sueño en un tramo carretero rumbo al Distrito Federal.

Decenas de damnificados

Están por ser las seis de la mañana y en el DF pareciera que las luciérnagas están sueltas de tantos coches que ya andan en el asfalto. El camión tiene que llegar hasta un centro de derechos humanos que está a unas cuadras del edifi cio de la PGR. La reunión previa a la audiencia es a las nueve de la mañana.

Algunas madres van a desayunar, otras empiezan a desempacar los retratos de sus hijos, otra saca una Biblia y se concentra en su lectura, otro ya fuma un cigarrillo. Hasta que llega la hora.

Empiezan cerca de 35 familias, pero conforme pasan los minutos siguen arribando más provenientes de Querétaro, Guasave, Tijuana, Michoacán… Ya son más de 70 familias con uno, dos o tres seres queridos desaparecidos. Ahí están familiares de los 12 pintores mexiquenses desaparecidos en Piedras Negras en marzo de 2009. También está Zeferino, michoacano que lo último que supo de su hijo de 24 años (26 años hoy) fue que lo desaparecieron al pasar por la caseta de Saltillo, venía desde Houston.

Los que viven en la ciudad se solidarizan con los que hicieron el viaje y cargan con comida: tortas, tamales, pasteles, refrescos. Aquí todos son una familia y todos se ayudan. Y cómo no si sólo ellas saben lo que no es estar con un ser querido.

Como María Guadalupe Fernández Martínez, su hijo José Antonio Robledo Fernández desapareció el 25 de enero de 2009 en Monclova, Coahuila. Son originarios de la ciudad de México y su hijo llegó a la región Carbonífera para la construcción de dos hornos. Era, es ingeniero civil.

La madre me relata que la novia fue quien habló con él por última vez. Estaban platicando cuando escuchó del otro lado del auricular cómo se lo llevaban. Tiene 32 años. A los tres días ella y su esposo pusieron la denuncia en la Fiscalía de Coahuila. No sabe nada de él desde entonces.

La última vez que viajó a Coahuila fue el 11 de diciembre. Llegó para tener una audiencia con el entonces gobernador, Humberto Moreira, pero los dejó plantados y desde entonces ya no quiere pararse en la tierra que le arrebató a su hijo.

“Ha sido un calvario. Es estar tocando puertas y puertas. Ya llegué a un punto en que lo quiero vivo o muerto, pero lo quiero”, me narra María Guadalupe.

En dos ocasiones estuvo a punto de sufrir un derrame cerebral. Me asegura que batalla para dormir y que en el primer mes de esta experiencia bajó 15 kilos. “Vivimos un infi erno” dice.

Como la de María Guadalupe, más voces. Las familias se sientan en círculo y uno por uno se presentan con el retrato del hijo enfrente o plasmado sobre una playera: Soy mamá… Soy papá…

Soy hermana y busco a mi hijo, mi hermano, mi esposo que desaparecieron el 27 de octubre de 2008; el primero de mayo de 2009; el 15 de diciembre de 2009; el 23 de junio de 2009… en Torreón, en Piedras Negras, en Gómez Palacio, en Monclova, en Nuevo Laredo, en Monterrey, en Matamoros, en Francisco I. Madero, en el Estado de México… Se levanta una chica de Querétaro, Brenda, precisamente hoy su hermano cumple dos años desaparecido.

Son los testimonios de personas damnifi cadas por la guerra del narco que se cuentan por cientos, por miles. La realidad es que no hay cifras reales. Tan solo el organismo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila (FUUNDEC) tiene registrados 200 casos en la entidad, pero por las decenas de casos que se han sumado en toda la nación cambió su nombre a Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUUNDEM).

La hora con la PGR

Las familias llegan caminando hasta el edifi cio de la PGR, sobre la avenida Reforma. ¿Quiénes son? Preguntan los transeúntes que pasan por el lugar. Quien se para enfrente es Yolanda Morán, madre de Dan Jeremeel Fernández Morán, desaparecido hace dos años y 10 meses en Torreón.

Es la misma que habló con el Presidente Felipe Calderón el 23 de junio durante los Diálogos por la Paz en el Castillo de Chapultepec. Ella es quien pasa uno a uno a todos los familiares. Son las 12:30 del día.

Seis horas permanecen en el edifi cio. En la ciudad se desploman las nubes y el viento frío entumece los músculos. Apenas pasan de las 18 horas pero al cielo ya lo cubre un capote obscuro.

Una a una van saliendo las familias del edifi cio. Muchos enojados, otros impotentes, otros tantos frustrados, desilusionados, unos cuantos animados y con ganas de no claudicar. Se quejan porque la Procuradora, Marisela Morales, los atendió apenas una media hora y con prisas.

Se quejan porque no hubo compromisos reales, porque volvieron a contar el expediente de muchos casos.

“Tenía tanta prisa que se tropezó y casi se cae”, me cuenta molesto un asistente a la reunión que tiene un hijo desaparecido desde hace casi dos años. “Nomás nos dan atole con el dedo”, me dice con ganas de azotar un puñetazo a una pared. Desde un inicio Marisela Morales les advirtió: “No dispongo de mucho tiempo”, les lanzó a las familias. Al partir, la procuradora los dejó en siete mesas de trabajo donde, en la mayoría de los casos, las familias volvieron a detallar y a relatar su experiencia.

“A las familias les preocupa que esto sólo sea un trámite administrativo. Es una preocupación fuerte que sea otra de las tantas mesas que han tenido con otro de los tantos funcionarios donde se comprometen en la palabra pero no en los hechos”, me comenta en el camino de vuelta Blanca Martínez, directora del Centro Diocesano para los Derechos Humanos “Fray Juan Larios” y asesora de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUUNDEM). Regresan hasta el centro de derechos humanos y debajo de unas escaleras platican lo visto, se desahogan, gritan su furia, se animan, lloran, intercambian puntos de vista y concluyen: dar voto de confi anza. “Tener fe”, mencionan algunas madres.

El regreso

Al día siguiente, 11 de noviembre, las familias se despiertan con la noticia del asesinato del sobrino del gobernador de Coahuila, Jorge Torres López, en Saltillo. “Van a ver como a esos asesinos los encuentran de volada”, lanza una persona. Prácticamente permanecen las familias originarias de Coahuila. Por la tarde tendrán una reunión en la Cámara de Diputados con el gobernador electo, Rubén Moreira.

Antes se reúnen para conciliar los planteamientos. En el transcurso de la reunión se enteran también del fallecimiento del Secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, con el que tuvieron una reunión el pasado 29 de julio.

Las familias de desaparecidos, casi todas coahuilenses, llegan a San Lázaro, donde se entrevistarán con Rubén Moreira. Apenas el sábado anterior se habían reunido por primera vez en Saltillo. Primero tienen que atravesar un plantón antorchista para entrar.

Luego recorrer los filtros de seguridad.

Rubén Moreira ya los esperaba en una sala que está destinada a los diputados federales de la fracción Coahuila. No me permiten el acceso a tomar imágenes y espero afuera. Por el pasillo deambulan tranquilos y sonrientes los diputados Héctor Fernández Aguirre y Héctor Franco López. El primero viste un pantalón de mezclilla y el segundo opta por quitarse la corbata. En los televisores se anuncia el término de la sesión del día, luego se emite el discurso del Presidente Felipe Calderón sobre la muerte de su Secretario de Gobierno. Noto que algunas familias entran y salen de la sala. Poco más de una hora después me dirán que era un horno adentro.

El gobernador electo se comprometió, como en la reunión anterior, que a partir del primero de diciembre se enfocará en encontrar a los desaparecidos. El resultado es el mismo: darán voto de confianza.

Pasan de las 16:00 horas. Ahí a las afueras de San Lázaro, quienes se tienen que regresar a Coahuila se despiden de quien se queda. La tarde es nublada. Empieza a refrescar.

Muchos rostros cansados, agotados física y mentalmente. Pero aún queda el regreso, más de 10 horas de camino y luego lo más difícil: seguir la vida sin ellos a quienes no han vuelto a ver.

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