VI Memorial de Pasta de Conchos

Diocesis de Saltillo

Homilía Dominical

Fr. Raúl Vera López, O.P. Obispo de Saltillo,

desde la Catedral de Saltillo, Coahuila

19 de febrero de 2012

VI Memorial de Pasta de Conchos

En la lectura del Evangelio que hemos escuchado, se nos relata que un hombre paralítico fue presentado a Jesús cuando se encontraba de regreso en Cafarnaúm. La narración está llena de datos muy particulares cuyo contexto es necesario situar para entender el significado de esta curación. Jesús se encuentra de regreso en Cafarnaúm, de donde había salido días antes prácticamente huyendo, porque querían convertirlo en su líder, después de que había curado a un endemoniado en la Sinagoga, a la suegra de Pedro y a mucha gente más. Él había recorrido ya muchas sinagogas de Galilea y ahora regresaba a Cafarnaúm.

Cuando la gente supo que estaba de regreso y que se encontraba en una casa, acudieron en una gran cantidad, de modo que se agolpaba afuera de dicha casa porque no había espacio suficiente dentro. Para quienes trajeron cargando al paralítico, que eran cuatro personas que lo transportaban en una camilla con la esperanza de acercarlo a Jesús, les era imposible ingresar a la casa. Se las ingeniaron y abrieron el techo de la casa, encima de donde Él se encontraba, y descolgaron por ahí la camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, “dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Estaban ahí unos expertos de la Ley judía que se escandalizaron por esta declaración de Jesús, de que los pecados de aquel hombre le quedaban perdonados, y pensaban: “¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”.

Jesús, dándose cuenta de lo que pensaban, les dijo: “¿Por qué piensan así en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir ‘Levántate y anda’?” Y siguió Jesús hablando: “Pues para que sepan que el Hijo del Hombre, tiene en la tierra poder para perdonar los pecados –dice al paralítico- A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

El relato del Evangelio que hemos escuchado termina diciéndonos que el paralítico se levantó, y tomando la camilla, salió a la vista de todos los presentes, que admirados glorificaban a Dios y decían: “Jamás habíamos visto cosa parecida”.

Durante su recorrido por Galilea, Jesús había curado a un leproso, tocándolo con su mano, cosa que estaba prohibido por la Ley, porque se le consideraba una persona impura. Jesús había sorprendido a los galileos, piadosos observantes de la Ley, por su actitud tan libre, rompiendo con la tradicional actitud de marginación con la que se trataba a los impuros, como ese leproso, al acercarse, tocarlo y dejarlo curado. Empezaba a abrirse el corazón de quienes escuchaban a Jesús y lo veían actuar de un modo muy distinto a lo que estaban acostumbrados a ver en las actitudes de las autoridades religiosas judías. Pero no era suficiente esto para ingresar en el Reino de Dios, es decir, no bastaba empezar a romper con las actitudes religiosas judías que segregaban a determinados grupos sociales, y específicas personas, desde una mentalidad que lo justificaba, y que además, lo imponía al pueblo. Esto no basta para Jesús, el Reino de Dios no es solamente para el pueblo de Israel, Jesús no vino solamente para ellos, Jesús viene también para los demás pueblos, los paganos, que son también hijos e hijas de Dios. Jesús rompe con prejuicios de discriminación y exclusión; así como hizo con los leprosos, actuó también con los paganos, entre los que se encontraba este paralítico de quien escuchamos en las lecturas de hoy.

Esta narración de Marcos tiene una serie de signos que nos ayudan a entender que este paralítico proviene de ese ambiente, el pagano. En primer lugar nunca se nos dice ni quién es, ni de dónde vienen los que lo traen cargando. La casa en donde se encuentra Jesús, arropado por los de Cafarnaúm, que no permiten la entrada al paralítico y los que lo cargan, es precisamente la Casa de Israel. El techo desmontado por estos paganos es el que cubre por ahora a Jesús. Decíamos que los habitantes de Cafarnaúm lo querían para líder de su pueblo y por eso él debió huir. Cuando ve Jesús ante él a este paralítico lo primero que le dice es: “hijo” y luego le dice: “tus pecados te son perdonados”. Es decir, todo el ambiente de injusticia en el que tú te has movido y te tiene paralizado, sin poder levantarte para vivir una vida verdadera, Dios lo perdona, y tu pasado queda borrado.

Como esto escandaliza a los “letrados” y a quienes siguen pensado como ellos, entre los que están presentes, así que Jesús les muestra que tiene poder para borrar el pasado de la vida de ese hombre y darle una vida nueva, curando también su parálisis. La camilla, lecho en el que se ha encontrado él postrado toda su vida hasta ahora, es el signo de la terrible situación que lo ata y le impide que pueda pasar de ese espacio. Pero Jesús, que viene a ayudar a la humanidad entera a ingresar en la vida plena, como Dios la ha pensado desde que creó al ser humano, hombre y mujer, y puso en sus manos la administración del mundo, para que lo conquistara, lo transformara, se transformara a sí mismo y conformara a la familia humana en la santidad y en la justicia, le ofrece caminos a este hombre para que se convierta en dueño de su propia vida.

Por eso éste, que fue paralítico, toma ya no “su” camilla, sino “la” camilla, que ahora queda como un signo de lo que fue su vida totalmente limitada y se regresa su casa, que no es la casa de Israel, quien por ahora ha intentado ‘atrapar’ a Dios y ‘adueñarse’ de él, ya que vimos que no permitían siquiera que este pagano se le acercase. Este hombre representa a la humanidad entera, junto con aquellos cuatro que lo cargaban.

Pero ahora, ante ese signo del poder de Dios, manifestado en Jesús, el pueblo de Israel también se admira, glorifica a Dios y confiesa que no han visto nada igual. Como nos dice Isaías en la primera lectura de hoy: “No recuerden lo pasado, ni piensen en lo antiguo, yo voy a realizar algo nuevo, ya está brotando ¿No lo notan?” (Is. 43,18-19). Todos los seres humanos, sin excepción, están llamados a formar parte del Reino de Dios, que es un proyecto histórico, donde el amor, la justicia y la verdad acontecen; donde la dignidad de la vida humana y sus derechos están por encima de cualquier interés contrario a ella.

El Evangelio es proclamado el día de hoy para iluminar nuestra vida en el momento actual en el que nosotros, la Iglesia, nos tenemos que preguntar si no hemos hecho una especie de rapto de Jesús, como el que querían realizar los habitantes de Cafarnaúm. Ante nuestros ojos hoy revive el recuerdo de aquél siniestro que segó la vida de 65 mineros en Pasta de Conchos, en la Zona Carbonífera de Coahuila. Hoy se cumplen 6 años de impunidad, que mantiene esa área de nuestro estado en las sombras de la muerte y la miseria. Hoy se levanta ante nuestras conciencias el dolor de la muerte, el llanto de las viudas y de los huérfanos, el sufrimiento de las madres y los padres de familia, de los hermanos y de las hermanas, no solamente de los 65 mineros que ingresaron a trabajar en el segundo turno de la Mina 8, Unidad Pasta de Conchos, el 18 de febrero de 2006, y quedaron atrapados la madrugada del 19 de febrero con la explosión de esa mina, sino que hablamos ya de 67 trabajadores más, que posteriormente de esa fecha hasta el día de hoy, han muertos en pocitos, tajos y minas subterráneas de carbón, plantas de beneficio y transportes de carbón, según datos recabados por la Organización Familia Pasta de Conchos y reportados en su VI Informe de este año.

¿Hasta cuándo nosotras y nosotros, miembros de la comunidad de Jesús, su Iglesia, estaremos permitiendo que nuestras hermanas y hermanos de la zona carbonífera sigan trabajando en condiciones inhumanas como la que privaba en Pasta de Conchos, para seguir pagando con sangre las jugosas ganancias de los concesionarios, como es el caso de Minera México que es parte del Grupo México?

No podemos deslindarnos de esas muertes, pues quienes vivimos en Coahuila, especialmente, conocemos de sobra los procedimientos inhumanos que todavía en este Siglo XXI se mantienen para realizar los procesos de la extracción del carbón. Esta tragedia parte de las autoridades más altas que deben regular la seguridad en las minas del carbón. Ni la Secretaría de Economía, que debe supervisar los compromisos de los concesionarios de las minas, ni la Secretaría del Trabajo que debe vigilar el cumplimiento de las Normas de Seguridad y los demás derechos laborales de los mineros del Carbón, cumplen con sus obligaciones. En la Zona Carbonífera se permite todo tipo de abusos con los mineros, existen minas trabajando en forma clandestina, minas que se han clausurado y sin importarles, siguen extrayendo carbón. Tal es el caso de la Mina Lulú, que fue clausurada después de la muerte de 2 mineros, caídos el 9 de agosto de 2009, pero siguió trabajando, hasta que el 2 de febrero de 2011, murieron otros dos mineros; vidas que se perdieron en un lugar de trabajo que no tenía permisos para hacerlo.

En algunos casos en que las personas relacionadas con la Organización Familia Pasta de Conchos han intentado ingresar a algunos de los pozos donde ha habido problemas, les dicen que no pueden entrar porque hay personas que tienen armas. Los responsables afirman que ya son Zetas los que administran el pozo. A ciencia cierta no se sabe si es verdad que esto está sucediendo, o es una excusa muy válida que encontraron los concesionarios de esos pozos, para que nadie que quiera supervisar lo que pasa ahí, los moleste.

Otra irresponsabilidad de las Secretarías del Trabajo y de Economía, es permitir las concesiones del los pozos, que son trampas mortales para los mineros del carbón, no resisten ninguna inspección seria, pues no cumplen en lo más mínimo las normas de seguridad. El trabajo de los mineros en los pozos es comparable al de un esclavo, tiene que extraer el carbón trabajando en cuclillas, con la consiguiente deformación y daño irreparable a su columna vertebral, pues el tiro en donde trabajan es en torno a un metro de altura. Cuando hay una emergencia en un pozo, no hay manera de salir sino a través del mismo malacate, que se maneja desde fuera, y que es el mismo instrumento por donde sacan el carbón. Que no es más que un bote tirado desde fuera por medio de poleas. Ese mismo malacate sirve para meter uno a uno a los mineros. De la misma manera los sacan cuando termina su turno. Y esto lo permiten las Secretarías antes dichas. Porque solamente estamos contando los muertos, todavía falta enlistar a los lisiados y los inutilizados por daños a su columna vertebral y a su sistema respiratorio.

Volviendo al crimen de Pasta de Conchos, de muchas maneras la Organización Familia Pasta de Conchos ha hecho ver ante las autoridades las irregularidades en las que se ha hecho trabajar por años a los mineros de esa Mina. Las condiciones en las que los rescatistas encontraron la mina cuando entraron para comenzar el rescate, sin polvear, con ademes sin vigas separadoras, sin emparrillado y sin estar empotrados a las paredes, sin suficiente equipo de rescate, sin mapas, etc., etc., etc. Desde un principio no se aceptó que en 5 días o menos, suspendieran la búsqueda de sobrevivientes; nunca hemos aceptado que el rescate de los restos no sea posible. En boca del Ingeniero que conducía el rescate de los restos, el rescate era posible con tiempo y dinero en el momento en que fue interrumpido arbitrariamente por el Grupo México en abril de 2007. El Peritaje que realizó el Foro Consultivo de Ciencia y Tecnología para evaluar la posibilidad del rescate entre los meses de junio y julio del 2007, determinó que se crearan las condiciones, lo que consideraba posible, para que se continuara el rescate de los restos. La Secretarías del Trabajo y de Economía siempre estuvieron protegiendo al Grupo México para que el rescate no se realizara.

¿Hasta cuándo nosotras y nosotros, como discípulos de Jesús, los miembros de su Iglesia, estaremos tolerando estos continuos atropellos a nuestros hermanos mineros del carbón? Con el trabajo que se ha realizado en esa zona a partir de hace seis años, donde continuamente se ha demostrado la impunidad en la que se mantiene el crimen del Grupo México, con la complicidad de las autoridades federales y estatales, pasando por el Ejecutivo Federal, con sus Secretarios de Economía y Trabajo, con la complicidad del Gobierno del Estado de Coahuila, que controló a las viudas por medio de sus tutores, ilegales del todo por tratarse de mayores de edad, con la falsificación de actas de defunción, y con su contribución, por medio de la policía estatal, a la clausura de la mina; y con la complicidad del Sindicato Minero que se ha mostrado sordo a los reclamos de rescate de parte de los familiares de los mineros atrapados.

Muchos de estos funcionarios públicos cómplices de este crimen, intentan seguir realizando su carrera política, con ellos el panorama que nos espera, es la impunidad creciente. Pongamos los ojos en un espacio que comparado con toda la dimensión del país, parece pequeño, que es la zona carbonífera de Coahuila. Ahí, a partir de la impunidad en que se ha dejado a Pasta de Conchos, se siguen multiplicando las injusticias, la corrupción de funcionarios está detrás de las continuas muertes y desgracias que siguen padeciendo nuestros hermanos mineros y sus familiares. En estas condiciones Jesús encontró al paralítico en Cafarnaúm: una persona inutilizada y paralizada por las injusticias de un sistema inhumano.

Sin embargo, tenemos que entender que ese paralítico tuvo que traspasar el obstáculo que representaba para él un pueblo prejuiciado, encerrado en un sistema religioso que no le permitía encontrar a Jesús. Preguntémonos nosotras y nosotros, como Iglesia de Coahuila y de México, si no estamos impidiendo el que las personas que trabajan en el carbón, alcancen a tocar al Señor de la Vida, que les devuelva su dignidad y los rescate, ahora sí, de ese esquema económico inhumano y de ese modelo político alterado por la corrupción que los destroza. En este obstáculo nos podemos convertir si no entendemos que la misión de la Iglesia es la misión de Jesús, quien vino a restaurar al ser humano entero y a devolver, como a este paralítico, la luz interior de su dignidad, y además, atendió la condición material de su cuerpo.

El texto del evangelio del día de hoy, meditado con el recuerdo del siniestro de Pasta de Conchos, el sufrimiento subsecuente de nuestras hermanas y hermanos de la región carbonífera, paradigma del sufrimiento de muchas mexicanas y muchos mexicanos, nos invita, como discípulos de Cristo, a comprometernos con la historia de nuestro estado y nuestro país en estos momentos. Que el Señor nos ayude a ser consecuentes con la Palabra que de Él hemos recibido hoy. Y que María Santísima de Guadalupe interceda por nuestra Patria en estos momentos.

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