Pedro Ramirez y Armando Salas

Supervisores de maquinitas de video-juegos

Pedro y Armando realizan su labor responsablemente. Saben que el negocio de las maquinitas de video-juegos va viento en popa; la clientela crece, por lo tanto, es necesario adquirir otras más que cubran la demanda de niños y niñas que buscan dicho entretenimiento.

Si esto continúa así, pronto manejarán su propio negocio, lo que les dará la oportunidad de obtener mayores ganancias para sus familias, así como hacer realidad otro de sus sueños: incursionar en la venta de comida.

Pero también son conscientes de otra cosa, al menos Pedro: cada vez que llegan a supervisar alguna maquinita, la encuentran abierta y sin dinero; los tienderos sólo comentan que “la delincuencia aumenta por estos rumbos”.

La desaparición

Es 12 de mayo del 2008. Una ola de calor cubre la Comarca Lagunera, específicamente Matamoros y Torreón, Coahuila. Los 40 grados centígrados son el pan de cada día. Quienes viven en esa región lo saben perfecto, por lo que no dudan en consumir líquidos que aminore la temperatura personal.

Pedro y Armando lo saben y, por ello sus familias les preparan agua fría de piña y de limón. Más tarde pasarán por ellas para consumirlas durante el recorrido por las colonias de la periferia.

Pero las garrafas se quedaron en espera, porque ese día Pedro Ramírez Ortíz y Armando Salas Ramírez desaparecieron. De Matamoros, Coahuila, tío y sobrino se dirigían a revisar las maquinitas de video-juegos a las ciudades de esa región, específicamente a Torreón, Coahuila.

De 32 años el primero y de 22 el segundo, los sueños de estudiar y de instalar un negocio se truncaron cuando salieron de su hogar y no regresaron ni a almorzar, ni a comer. El agua de piña y de limón, preparadas por Esmeralda y Romanita, se quedaron ahí. Hasta la fecha, ellos no aparecen.

Su pasión: los hijos y la música

Pedro Ramírez Ortiz cumplió 32 años el 4 de enero del 2010. De tez morena, nariz recta, frente chica, pelo corto estilo soldado, ojos negros, pestañas grandes, mide 1.65 de estatura.

Uno de los muchos dones que tiene el matamorense es la música y el canto, cualidad que desde los 14 años desarrolla cuando las tapas de lámina y cacerolas son herramientas donde produce sonidos de canciones populares.

Más tarde dicha pasión lo hace adherirse a la Banda Acuario, conjunto musical de la Comarca Lagunera, espacio donde aprovecha para desarrollar otra faceta: imitar artistas, tanto locales, como nacionales e internacionales.

A los 18 años Pedro suspende sus estudios; sólo faltan tres meses para graduarse del CEBTA (Centro de Bachillerato y de Estudios Tecnológicos) en el municipio de La Partida, Coahuila, esto para casarse con Esmeralda Vital Flores.

De carácter tranquilo, Pedro no tiene vicios. No fuma, no toma. Le gusta la limpieza personal, tan es así que no pasa un día en que se bañe dos veces.

Al salir al trabajo viste formal, siempre con camisa de manga larga. En casa el short de mezclilla y la playera son su uniforme. Su comida favorita: chiles rellenos, mole y por supuesto, el chile irritante en los alimentos.

No le gusta que lo vean llorar, ni que hablen bien o mal de la gente; servicial y amable, tampoco le gusta verla sufrir, por lo que es capaz de dar la propia vida por los demás.

Esmeralda y Pedro tienen cuatros hijos: tres niños y una niña: Pedro Ángel de 15 años, Delia Cristal de 14, Erick Noé de 12 y Francisco Javier de 10, quienes por un tiempo se quedan al cuidado de su padre, un hombre que no escatima en atenderlos: lava, plancha y hasta prepara el agua para el baño. Muchas veces los lleva al doctor y les da sus alimentos.

Cuando Esmeralda regresa a Matamoros, se establecen por un tiempo en la casa propia, sin embargo, por problemas económicos, deciden mudarse para con Romanita, la mamá de Pedro.

En ese tiempo él ya trabaja como supervisor de maquinitas de video-juegos en colonias de la periferia de tres ciudades que conforman la Comarca Lagunera: Gómez Palacio, Durango, Torreón y Matamoros, Coahuila.

El trabajo consiste en trasladarse a donde se ubican las maquinitas de video-juegos y extraer el dinero para luego entregarlo al patrón. Siempre de cuentas claras, Pedro, para estar tranquilo, le pide apoyo a su madre con anotaciones en un cuaderno.

El negocio crece, por lo que decide traspasar la casa propia a un hermano e invierte en la compra de seis maquinitas y en la compra de otras tres que él mismo arregla.

Antes de la desaparición comparte a Romanita, su madre, que el trabajo cada día es más peligroso ya que algunas maquinitas las encuentra abiertas, incluso que tal vez deje esa labor.

La comunicación final

El 12 de mayo del 2009 Pedro se levanta, se baña y se cambia. Como todos los días, se prepara para el trabajo diario. Tiene una encomienda: llevar la camioneta al taller.

A las 9:30am sale de la casa de Romanita. No almuerza. Promete volver. Regresa a las 10:00, pero sólo por la bitácora, carpeta de los domicilios de las maquinitas.

Más tarde contesta la llamada que Esmeralda y Romanita le hacen. Ellas le preguntan si regresa a almorzar. Sin vacilar dice que sí y hasta les sugiere que le preparen una jarra de agua fría de piña.

Llega la hora de comida. No llama. Esmeralda y Romanita se preocupan. No llega. Es raro porque no es su costumbre. Son las tres, las cuatro y a las 5:30 el dueño de las maquinitas habla al celular y Pedro contesta que se encuentran en el Palacio Federal de Torreón, Coahuila. Es la última vez que se comunica por teléfono. No saben más.

Los estudios se esfuman. El negocio se diluye. Pedro, Delia, Erick y Francisco, junto a su madre Esmeralda, vuelven a Chihuahua, donde actualmente viven. Extrañan a su padre. El hijo mayor, de 15 años, comenta que se enfilará en “el ejército para encontrar a mi padre”.

Pedro no desaparece solo. Lo acompaña Armando, su sobrino, a quien tiempo atrás lo invitó a unirse a esta labor como muchas otras. Sabe que el sobrino hace buen trabajo, por eso confía en él.

Armando Salas Ramírez tiene 22 años, es soltero, mide 1.92 de estatura, de tez blanca, ojos color miel, cabello castaño. Con un corazón noble, aunque a veces impaciente, sólo estudió hasta segundo de secundaria. No más. Sus padres le insistieron pero tajantemente dice: “no nací para estudiar”.

Esto provoca que el padre lo enfile al trabajo de albañilería para que “aprenda a ser responsable”. Por eso, Armando, desde los 13 años, experimenta una de las tareas más difíciles y cansadas del ser humano: la construcción.

Varios años dura de albañil, hasta que a los 18 consigue trabajar como repartidor de agua. También pasa por varias maquilas, aunque deserta por la alergia en manos y brazos que le producen los productos a elaborar.

Son cuatro meses los que lleva en el trabajo junto con su tío Pedro y al ver lo fructífero del negocio, se emociona, se hace ilusiones y sueña con tener sus propias maquinitas de video-juego, incluso un negocio de venta de pollos asados.

Joven de edad, la estatura lo hace verse mayor, pero es un muchacho como cualquier otro. Entre sus vicios tiene uno sólo: la comida. Sus pasiones dos: la camioneta y la novia.

Cariñoso siempre, no pasa un día en que llegue a casa de la abuela para informarle que se va a dormir, lo que la tranquiliza. También disfruta a sus amigos y juntos juegan futbol.

Carmen, la madre, está segura que va a volver; el padre por su parte, carga con el dolor encima. No soporta que su primogénito no esté. Prefiere “atender a quienes están en casa” pero en el fondo, el sufrimiento lo ahoga.

Son ya dos años cuatro meses y 9 días de aquél fatal día en que desaparecieron sin dejar rastro ni huella. Romanita y Carmen no cejan en la búsqueda. Como madres el corazón les dice que están vivos y  si ¡vivos se los llevaron, vivos los queremos!

Ese es el grito de las madres, no sólo de Romanita y Carmen, sino de todas a quienes el dolor de no ver a sus hijos, las envuelve y las cobija sin tregua alguna.

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