Verástegui González

Antonio Verástegui González y Antonio Verástegui Escobedo
Hombres de campo

De complexión robusta, carácter fuerte y la ilusión del campo en la piel, Antonio (Toño) Verástegui González de 51 años, no concibe la vida sin su familia: Erika, Karla, Toñín y César, además de su esposa Manuela, con quien tiene 21 años de casado.

El sombrero y la mezclilla son parte de sí mismo y sin más, todos los días desgasta su vida en atender a los clientes de la pequeña tienda que hay en casa, o caminar por los sembradíos en las dos hectáreas que por fin son suyas.

El sacrificio no importa. Es mayor el amor por sus hijas e hijos, por lo que no duda en invertir en sus estudios. Fruto de ello Erika es parte ya del gremio educativo, Toñín se encuentra en pininos de la carrera, Karla es secretaria y César en secundaria.

Toño no es de mucho hablar, pero el servicio es uno de sus mayores virtudes. Lo conocen los paisanos; saben que pueden contar con este hombre de semblante tosco pero de corazón noble. Vive sin provocar enfrentamientos, sin crear problemas. Es lo menos que le gusta, por eso la educación familiar se distingue en esta línea: firme, autoritaria tal vez, pero segura para continuar por el camino recto.

El 24 de enero del 2009, último día de convivencia con su familia, Toño, como otros días, se levanta temprano para ir al rancho, donde siembra y cría animales. Les da agua y alimento y regresa a  casa. Hace limpieza al carro y espera al hijo mayor para acompañarlo a la cena en el Ejido El Cadillal, a 12 kilómetros de Parras de la Fuente.

Esa es la vida de los Verástegui Escobedo. Toñín lo sabe. Conoce a su padre y no duda en que siempre cuenta con él, en las buenas y en las malas. En las buenas para recibir lo mejor de sí; y en las malas para protegerlo del peligro que lo aceche.

Sin cuestionar nada, el primogénito de 18 años, sale y entra de la casa como cualquier muchacho. Alto, delgado, moreno claro, cabello rizado, nariz ancha, en Toñín la juventud corre por las venas y lo demuestra cuando sus pies se apoderan del campo al jugar béisbol o cuando monta la yegua, pasión que no oculta.

Una de sus virtudes es ser trabajador, eso lo aprendió de su padre, por eso no lo deja solo, cada que puede o en vacaciones lo acompaña al rancho, para encargarse de los animales y limpiar el campo.

Alegre, bailador y de ojos vivarachos, Toñín sueña con terminar la carrera en el Tecnológico de Saltillo, sin embargo, todavía le falta tiempo. Por lo pronto su hermana Erika es su apoyo. Juntos viven en Saltillo y se organizan para las actividades diarias: salir, comer y regresar juntos al hogar; a veces las necesidades rebasan la economía, sin embargo, siempre está Erika para lo que se ofrezca. A Parras de la Fuente cada ocho días, donde el ombligo le llama.

Además del trabajo, padre e hijo coinciden en el gusto por el juego del béisbol; probablemente Toñín lo absorbió de su padre, pues desde pequeño participa en el equipo de la Liga Mayor en Parras, a donde también acude su progenitor. Acuña, Saltillo, Monclova, son algunas de las ciudades donde se han hecho presentes.

Esas son sus vidas, vidas que un día, abruptamente, fueron violadas y, a la vez, testigas de un hecho donde el dolor y la angustia aparecieron; donde el desconcierto y las preguntas florecieron cada minuto, cada segundo, sin respuesta alguna.

El día

Ese sábado por la mañana, 24 de enero del 2009, Toñín viajó a Saltillo para ser partícipe en el juego de béisbol. No podía faltar. Esa actividad le era tan necesaria como el agua, un deporte tan requerido por él. Regresó a las 6:30 de la tarde feliz por el triunfo.

Toñín: Mamá, ¿vamos al rancho a la cena?
Manuela: A qué vas si ya es muy tarde.
Toñín: Es que yo si tengo ganas de ir porque voy a entrar a la escuela y voy a tener mucho trabajo (ya eran las 8:00pm).
Manuela a Toño: Toñín quiere ira al rancho pero yo le digo que es muy tarde
Toño: ¿Y si vamos un ratito, cenamos y nos regresamos?
Inmediatamente respondió él mismo: No, no, ustedes no vayan (refiriéndose a la esposa e hijas).
Manuela: Yo me quedo más tranquila porque vas a ir tú.

César, el hermano menor, no los acompañó. Tenía una oportunidad que no desaprovecharía para ver una moto que le gustaba. Era una de esas veces que, por cuestiones del destino, no estarían los tres juntos, lo que finalmente lo salvaría.

La cena era en el Ejido El Cadillal, ubicado a 12 kilómetros de Parras de la Fuente, Coahuila. La “levantada del Niño Dios” se convertía así en la convivencia de las familias de los pueblos cercanos. Todos se conocían, todos se ayudaban.

Toño y Toñín salieron de casa para dirigirse al ejido. Manuela se quedó esperándolos. Las horas pasaron. Las luces de la casa se apagaron. Nunca se imaginó que era la última vez que los vería.

En los primeros minutos del 25 de enero del 2009 tocaron la puerta de su casa. Al abrir, el aviso llegó inesperadamente: Se llevaron” a Toño y a Toñín. Con la mente confusa, Manuela salió y se dirigió hacia la vivienda de los Verástegui González.

Sabía que era imprescindible avisar a hermanos, hermanas y a doña Lupita, mamá y abuela de Toño y Toñín respectivamente. El testigo que llegó hasta su hogar sólo atinó a decir que un grupo armado, encapuchado, “levantó” a padre e hijo.

Esa noche Manuela se quedó sin su esposo de 51 años y sin su hijo de 18; Erica y Karla, además de César, ya no tienen a su hermano Toñín y a su padre a su lado.

Toñín no acudió el domingo siguiente a recoger la cartilla, documento que valida la mayoría de edad. Tampoco se inscribió en el Tecnológico. Ericka anunció su desaparición para que lo dieran de baja por inasistencia, respetando “su lugar” para cuando regresara. Sueños truncados.

El pequeño rancho de dos hectáreas continúa ahí, esperando la visita de Toño; la siembra espera, la cosecha espera. Los animales esperan al dueño y al cuidador que, a la fecha, no han regresado.

A Lupita González el hecho le cambió la vida totalmente. Para los hermanos y hermanas (cinco hombres y seis mujeres) no hay día que no hagan algo. Desde que recibieron la noticia están en búsqueda constante. El mismo 25 en la madrugada enfilaron las camionetas por terracería hacia El Cadillal, otros buscaron por cerros y veredas; otros más se encaminaron hacia las instancias de la policía para denunciar.

Juan Manuel, uno de ellos, quien también fue a la cena a El Cadillal, se regresó horas antes que su hermano, hecho que no coincidió con el suceso inoportuno de esa noche, de ese lugar donde se paralizó la historia de los Verástegui. Tampoco se imaginó la desaparición.

Tierra fértil donde emana la hierba para curar heridas, ahora cómplice del dolor humano. Sin poder hablar, sin poder emitir palabra, se sumó al silencio de la piedra y la montaña que cobijaron esa noche el sufrimiento de las víctimas.

Sólo veredas, sólo arroyos, sólo las luces del cielo estuvieron ahí, se quedaron para abrazar a dos hombres rodeados de seres oscuros, hambrientos de la ambición y de la soledad del alma.

Un rosario, un vía crucis

A un año seis meses de la desaparición de padre e hijo, no hay avances en las investigaciones, a pesar de recurrir todo este tiempo a instancias municipales, estatales y federales. La respuesta es nula.

Las peticiones de apoyo paran en el vacío. Las denuncias no tienen validez. Las investigaciones no existen. No hay interés. No hay procuración de justicia. No hay responsabilidad ni protección por parte del Estado Mexicano.

Ninguna respuesta, ningún resultado. Sólo vueltas. Sólo palabras huecas sin fundamento. Nada. Nada. Nada de interés por el ser humano.

Un presente incierto

Ericka es maestra de primaria. Ejerce su profesión en Saltillo. Se cambió de domicilio al no soportar la soledad y el vacío sin su hermano. Los amigos y compañeros del Tecnológico preguntan sin recibir respuesta.

Karla, quien se casó dos meses antes de la desaparición, es madre de familia, cuida a su hija Ximena de un año de edad, pequeña que no conoce a su abuelo y a su tío.

César, el más pequeño de la familia, apoya a Manuela en el negocio de abarrotes, única entrada para la manutención de la familia Verástegui Escobedo. La casa no es la misma. Se extraña. Hace falta la alegría de Toñín y el carácter de Toño.

Después de un año seis meses en que “desaparecieron”, no saben qué hacer ni en dónde pueden estar, lo que si es seguro, es que el vía crucis no termina.

Lupita, la madre y la abuela, apenas se sostiene. De ella aprendió Toño el carácter fuerte como un roble. Se doblega pero no cae. Tampoco en esa casa sonríen. No hay por qué hacerlo. Hace falta el hijo para estar alegres, para estar completos, para estar todos.

Los brazos extendidos, los ojos abiertos, el corazón, herido, esperan el día en que por la puerta principal llegue Toño y, con él, su primogénito.

Pero si no llegan, lo último que esperan, con esperanza, es la justicia.

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